Sus padres pudieron ponerle más atención y cambiar su destino.

Pero no se percataron de aquellas sutiles diferencias entre su hijo y el resto de los niños pues, para ellos, el pequeño resultaba más un estorbo: resultado adverso en un error de cálculos biológicos que obstaculizaba su estilo de vida.

No enfrentaban problemas serios como pareja, en realidad se amaban, dos amantes de la vida y sus detalles, dos soñadores, dos sibaritas. Tras una noche acompañada de una opulenta cena y dos botellas de vino tinto cosecha 1988... el sexo lo trajo a él: al pequeño. Intentaron jugar el papel de padres por un tiempo, quizás con la esperanza de encontrar un oculto placer en aquel oficio, pero el aburrimiento y el hastío arribaron primero.

    Noche fría, solitaria y silenciosa

    Una mísera callejuela.

    Un autobús desvencijado, robusto y orondo se detiene lanzando chillidos metálicos frente a una torcida estructura que alguna vez fue una parada de autobús.

    Mariana, una joven estudiante, universitaria, de abundante cabello rizado y bonito cuerpo aborda con cuidado el transporte público. La inquietud se dibuja en su delineado rostro, su nerviosismo provocado por la solitaria espera del arribo de su autobús comenzó a mermar cuando subió los tres estrechos y altos escalones metálicos de la entrada del camión. Pasó demasiado tiempo bajo aquella mísera parada de autobús. La noche, la oscuridad y su consciente vulnerabilidad le hacían temer constantemente al encuentro con un violador.

Noche.

El Mercedes Benz E 500 se desliza susurrando sobre el asfalto.  El ronroneo de su motor de ocho cilindros es suave, respeta el sueño de una ciudad dormida.  Al volante, una joven conduce y llora.  Sus ojos abultados, fatigados por el llanto, su cabello alborotado,  y el maquillaje corrido. Tiene un rostro bello que las circunstancias transformaron en una máscara de desesperación y miedo.

Se trata de una princesa urbana, una muchacha rica, una socialité, joven y hermosa. Llora asustada, sus pensamientos son un enjambre de ideas paranoicas, soluciones absurdas, escenarios de  futuro incierto Busca en esa madeja una solución a su situación actual.

En el interior de su hermoso automóvil, que aún conserva el aroma a nuevo, dolor y vergüenza son sus únicos acompañantes. Días atrás, el mundo donde Ana habitaba era muy distinto. Era un mundo bello, opulento, limpio, todo cubierto de una frívola esperanza. Sus días giraban en torno a temas, para ella, trascendentes: que su elegante vestido de novia quedara perfecto, organizar una fastuosa ceremonia religiosa, así como una glamorosa fiesta para quinientos invitados. Ana, la princesa urbana, estaba comprometida con uno de los jóvenes más deseados por la socialité local. El hijo único de un poderoso empresario, de rostro anglosajón y estructura ósea perfecta. Alto, elegante y atlético.

El niño que vende goma de mascar en la calle siente mucho frío esa noche.

            Le llaman Juan, simplemente Juan.

Un viento helado corre por las calles. Ha llovido durante dos días, provocando que la temperatura descienda. Mamá, que no es su madre, lo obligan a trabajar ataviado tan sólo con una ligera camiseta, a cuya tela le quedan un par de semanas para volverse transparente.

Valeska mira por encima de su desayuno. Sus ojos parecen los de un gato que ha jugado demasiado tiempo con el ratón atrapado entre sus zarpas y por fin ha decidido matarlo. Los humeantes panqueques se encuentran entre ella y Mauricio.

Valeska está enojada. Mauricio tiene una boca demasiado suelta. Ella le repite constantemente: “Tienes una bocota tan grande que si no la cerraras se te saldría el estómago.”

-¿Qué van a hacer hoy?- Les había preguntado la mamá de Mauricio.

Y Mauricio había abierto su bocota.

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