Noche.

El Mercedes Benz E 500 se desliza susurrando sobre el asfalto.  El ronroneo de su motor de ocho cilindros es suave, respeta el sueño de una ciudad dormida.  Al volante, una joven conduce y llora.  Sus ojos abultados, fatigados por el llanto, su cabello alborotado,  y el maquillaje corrido. Tiene un rostro bello que las circunstancias transformaron en una máscara de desesperación y miedo.

Se trata de una princesa urbana, una muchacha rica, una socialité, joven y hermosa. Llora asustada, sus pensamientos son un enjambre de ideas paranoicas, soluciones absurdas, escenarios de  futuro incierto Busca en esa madeja una solución a su situación actual.

En el interior de su hermoso automóvil, que aún conserva el aroma a nuevo, dolor y vergüenza son sus únicos acompañantes. Días atrás, el mundo donde Ana habitaba era muy distinto. Era un mundo bello, opulento, limpio, todo cubierto de una frívola esperanza. Sus días giraban en torno a temas, para ella, trascendentes: que su elegante vestido de novia quedara perfecto, organizar una fastuosa ceremonia religiosa, así como una glamorosa fiesta para quinientos invitados. Ana, la princesa urbana, estaba comprometida con uno de los jóvenes más deseados por la socialité local. El hijo único de un poderoso empresario, de rostro anglosajón y estructura ósea perfecta. Alto, elegante y atlético.

Pero ese mundo de princesa de un cuento de Disney se derrumbó.  Su prometido, el príncipe urbano, ese amor con apellido de abolengo canceló la boda sin dar mucha explicación.

Nadie conocía el por qué, o quizá no querían compartirlo con Ana. La razón por la que su príncipe canceló la boda llegó finalmente por la amarga vía del murmullo, de boca de aquellas que antes la envidiaban, y ahora se mofaban. Sus amigas.  Su prometido la había abandonado por otra mujer, por una plebeya, por una mujer ordinaria, sin apellido histórico; una prosaica sin padre millonario ni automóvil del año. Su prometido la abandonó por una mujer común, una intelectual de alma socialista y odio proletario, una de esas que nunca pasó por aulas de colegios privados. Una… que no era una princesa urbana como Ana.

Y Ana se transformó en lo que siempre tuvo miedo de ser: el hazmerreír y la broma del momento. Risas y murmullos viperinos se arrastraron por los elegantes restaurantes, índices virulentos la señalaban cuando pasaba por  los Spa’s, por el gimnasio, la iglesia y el centro comercial.

    En un arrebato de histeria, con su vestido de novia entre sus brazos, Ana corrió por el extenso jardín de la casa de sus padres, empapó el blanco atuendo con el coñac de su padre y le prendió fuego. Nadie intentó detenerla. Sus padres sólo observaron la pirotecnia desde su recámara. Ante esto, Ana experimentó una acusación indirecta de que el fracaso en la unión de las dos poderosas familias había sido su culpa.    Se cumplieron siete noches de burlas, murmullos y señalamientos. Acosada por la depresión y la vergüenza, Ana decidió salir a buscar diversión.

    No quería ver personas conocidas, ni enfrentarse a las sonrisas condescendientes de las que se decían “sus amigas”. Ana caía en cuenta, ante su actual situación,  que no contaba con nadie,  que no tenía a nadie,  que estaba sola. Su red social era un tejido de relaciones frívolas, sus amigas, mujeres jóvenes como ella, niñas mimadas de corazón superficial, de las tres que podía contar como sus más cercanas, dos estaban comprometidas ya con buenos partidos, la tercera acababa de empezar un noviazgo con el hijo de un cónsul. Ana preveía que si acudía a ellas la recibirían con abrazos fríos, expresiones de falsa tristeza en sus bien cuidados rostros, y palabras hirientes disfrazadas de consuelo. Necesitaba salir, escapar por un momento de las paredes de su amplia recámara donde se había ocultado del señalamiento de la sociedad y de su familia por una semana. Quería distraerse, quizás buscar divertirse un poco, cambiar de lugar, de ambiente.

    Pero no podía acudir a los lugares que antes frecuentaba con su prometido, porque ahí se encontraría a esas falsas amigas, y peor aún, a aquellas que la odiaban por ser quién era, tener lo que tenía, y en su momento, por estar a punto de casarse con quién iba a casarse.

    Y existía una razón más, una pesada, dura y poderosa. Encontrárselo a él, a su ex, acompañado de quien probablemente fue amante, y terminó quedándoselo.
Buscaría otro lugar, alguno que no estuviera de moda, alguno donde acudiera la gente mundana; tenían que sobrar esos sitios. Algún bar, un antro al que no acudieran los reporteros y fotógrafos de las secciones de “sociedad”.

Un lugar común.

Se alborotó el cabello con la intensión de darse un toque atrevido, se puso una falda corta y ajustada, y pronunció el derrumbe de su escote. Se maquilló, y cubriendo su aura con el dulce aroma de su perfume, tomó las llaves de su Mercedes Benz y se lanzó con la esperanza de vivir una aventura.

Tras conducir por más de una hora encontró un lugar: un bar que en el pasado había sido antro de moda, pero como siempre, bajo la ley caprichosa de la juventud socialité de la ciudad que decide que está “in” y que está “out”, había decaído.  No le inquietó encontrar aquel sitio casi vacío. Más aún, le agradó no encontrar rostros familiares. Ahí no había amigas falsas, ojos inquisidores ni sonrisas burlescas. Ahí, ella no era quien en los lugares de moda era. Ahí era una más.

Todas las miradas se posaron en ella cuando atravesó el umbral. Pero en aquellos ojos encontró sólo curiosidad, inclusive deseo, mas no burla ni falsa tristeza.
Se aproximó a la barra, y ocupó uno de los bancos altos. Sabía que aquella postura acentuaba su atractiva figura, aumentaba el arco convexo de su espalda, la transformaba en alguien que antes evitaba ser.

El barman se acercó a ella, y con una sonrisa legítima y un brillo de admiración en sus ojos le preguntó qué le apetecía beber. Ella ordenó un vodka tonic, pero el bar no contaba con la marca que a ella le gustaba. Aceptó otra marca sabiendo que la calidad era menor. Esa nimiedad no le restó emoción a su aventura.

    Un joven atractivo se le acercó. Era moreno, alto, de cabello rizado y manos fuertes. Se presentó, contó un par de bromas y la hizo reír. Le invitó un par de tragos, le ofreció un cigarro, le enseñó a fumar. La hizo reír más.

Y en cierto momento, cuando Ana se encontraba distraída, el hombre arrojó un polvo blanco en su bebida.
Ana despertó en un cuarto de motel, apestoso a humedad y humo de cigarro. Despertó con un punzante dolor de cabeza que la trajo con violencia a la realidad. Sintió nauseas, y vomitó a un lado de la cama.

Un ardor entre sus piernas llamó su atención, bajó la mirada, y la jaqueca quedó relegada al olvido. Ana, la princesa urbana, la niña mimada de papá, se encontró  sentada sobre una gran mancha de sangre, lubricante y semen.

Perdiendo toda postura, la princesa urbana volvió a vomitar.

Luego, rompió en llanto.

    No recordaba el nombre del muchacho alto y moreno que la abordó en el bar, y bien podría ser falso dada la situación. En la deplorable recepción del motel le informaron que la cuenta estaba pagada y que se largara de ahí.

Tomó un taxi, y regresó al bar que ya había cerrado. Su vehículo seguía donde lo había estacionado, pero le habían rayado el costado derecho. Sobre la puerta oscura estaba una sucia pero acertada proclama: Puta Rica, De Buenas Nalgas.

    Ahora, Ana, la princesa urbana, maneja su Mercedes Benz negro a alta velocidad.

No sabe que va a hacer, llora en momentos. A veces, lanza desesperada un largo y desgarrador grito,  encaja sus cuidadas uñas en el volante, es un grito que nadie escucha.  El auto de ochenta mil dólares abandona la iluminada avenida, y toma el delgado camino de dos carriles bordeado  de pinos que le lleva a la zona residencial en las afueras de la ciudad: casa.

La oscuridad rural envuelve al vehículo.

    Pisa el acelerador un poco más,  y el velocímetro marca los ciento cincuenta  kilómetros por hora. Ante ella, aparece el letrero que trae una breve descarga de tranquilidad.

“Bosques Residenciales 2 KM”

    –Hogar.-  Piensa Ana.

Su padre, el rey empresario lo arreglará todo, de alguna forma.

Mira el reloj del vehículo: “4:35 AM”.

Tarde, muy tarde. Nunca antes, en su corta vida, se había encontrado fuera de su hogar tan tarde.  El miedo, la incertidumbre, la empujan a comenzar una nueva fase de llantos. ¿Estará embarazada de algún extraño? ¿Le habrán contagiado alguna enfermedad? ¿Será esa enfermedad curable, incurable? ¿Herpes, clamidia, papiloma, SIDA? Ana deja escapar un puchero, algo llama su atención.

    Una figura aparece en su campo visual. Un hombre.

A pesar de la velocidad y la oscuridad lo ve con claridad: una estatua de sal. Es una figura desgarbada, algo torcida, de ropas rasgadas.  Las luces de los faros del auto le otorgan una imagen fantasmal.  El tiempo parece detenerse por un instante, porque a pesar de la velocidad, a pesar de las lágrimas que atormentan sus ojos, a pesar del cansancio y la resaca del vodka barato, y de lo que le hubiera arrojado su violador en la bebida, a pesar de todo esto, los ojos de aquel hombre se clavan el los suyos.

Algo en aquella figura la inquieta.

    Mira por el retrovisor cuando la deja atrás.

Sólo encuentra la negrura de un bosque en la noche.

    Se estremece un poco y, de pronto, se siente muy sola, como si hubiera caído en un vacío junto a su lujoso automóvil. La sensación es poderosamente incómoda. Ana se estremece, atacada por un escalofrío. Estira su mano derecha, enciende la radio, buscando un poco de compañía.

De las potentes bocinas del auto se escucha con fuerza un  grito femenino, alargado, granoso y desgarrante. Ana también grita asustada. Tras el grito de la radio, cientos de voces se abultan en las bocinas; murmullos dolosos, una mezcla de ruidos lúgubres. El volumen del radio se encuentra al máximo, y los gritos, lamentos, y sonidos descoordinados aíslan el leve murmullo de las llantas sobre el pavimento. Ya no se escucha el suave ronroneo del motor, sólo el radio lanzando su locura acústica.

Ana, tras recuperarse del susto por el grito, trata de bajar el volumen, trata de callar ese pandemonio de voces.

Pero los controles no responden, el radio mantiene su elevado nivel de volumen, castiga sus oídos.

Ana lanza una maldición, intenta apagar la radio. 

No hay respuesta.

El radio continúa vomitando voces, notas musicales, señales eléctricas que suenan como lamentos femeninos y llantos infantiles. Ana intenta sintonizar una estación, algo que tenga sentido. Nada. Intenta echar a andar el reproductor de CD’s. Nada. Sólo gritos, voces, llantos, notas, risas; cientos de ellas, agolpadas dentro de sus bocinas. Comienza a desesperar. Continúa presionando botones, pero el volumen se mantiene, los ruidos se quedan, y la radio no se apaga.

Ana vuelve a gritar una maldición. Levanta su mirada esperanzada,  ya debería estar llegando a la entrada del fraccionamiento.

    Un escalofrío le recorre desde su nuca, y baja heladamente por la línea de su columna vertebral, hasta su coxis. Los delgados y apenas visibles vellos de sus brazos se alzan, como una turba en rebelión.

    El letrero, otra vez:  “Bosques Residenciales 2 KM”.

    -La bebida, la droga que me arrojaron.-  Piensa. –Creí ver el letrero antes, creí haber pasado ya por este lugar.-  Su corazón retoma el ritmo acelerado dentro de su pecho. En su boca, la resequedad del miedo que había experimentado al encontrarse sentada sobre su sangre y los fluidos de un hombre,  regresó a ella.

    Y como una broma macabra del inconsciente, ante sus ojos aparece la figura masculina, de nuevo, de pie, mirándola. Ropas desgarradas, figura desgarbada.

    Ana retira un poco el pie que presiona el acelerador, y la velocidad de su auto alemán se reduce. La radio continúa con su turbio coro: gritos y voces, chillidos, lamentos, rechinidos; distorsión.

En medio de la verbena de sonidos, la princesa urbana escucha un llanto de mujer, claro, innegable: el lamento maternal de una mujer que ha perdido a un hijo, o el ulular femíneo de una plañidera que no finge su dolor.

Ana mira nuevamente el reloj: 4:35 AM. Los números permanecen inmóviles, congelados, el tiempo dentro del auto parece haberse detenido.  Levanta la mirada, y sus manos aprietan dolorosamente el volante de piel ante lo que sus ojos descubren:

Dos figuras adicionales la miran de pie, a la orilla de la carretera. Una mujer y un niño. La palidez en sus rostros, lo vacío de sus miradas, acrecientan el terror.

    -No está pasando, tranquila, estás soñando. No saliste de tu alcoba, no saliste de tu casa. Hoy en la noche la depresión te venció, y no te violaron en un motel, y no estás manejando en una carretera que parece repetirse, ni estás escuchando voces y gritos en la radio. Estás dormida, estás soñando.-  Ana llora.

    Las figuras quedan pronto detrás. Ana mira de nuevo por el espejo retrovisor, sólo encuentra la negrura envolvente de antes. Tan oscura que ni las luces traseras  del Mercedes Benz logran penetrar. Casi parece que ahí, ya no hay nada.

    Trata de apagar de nuevo la radio, el botón lo gira, lo presiona, lo golpea. Nada. Estática, gritos, cientos de canciones mezcladas que suenan como alaridos.
Levanta de nuevo la mirada, observa el camino.

    El dolor del miedo la ataca en el centro de su abdomen. Comienza a temblar, se sacude como una epiléptica. Su mentón se agita, como el huevo de una serpiente apunto de eclosionar.  El pánico comienza a asomar su fea cabeza en la conciencia perturbada de la princesa urbana. El letrero, el mismo maldito, inmóvil, gélido letrero de  fondo verde y letras blancas.

“Bosques Residenciales 2 KM”.

Mira el reloj. Los mismos brillantes, acusadores e inmóviles números: 4:35 AM. Vuelve a levantar la vista. Una mancha blanca sobre el borde de la carretera comienza a hacerse notoria. Poco a poco, como una estatua de sal, inmóvil pero definida.  El mismo hombre, el de ropas desgarradas y porte desgarbado,  la primer figura que ahora, a menor velocidad, sus detalles son más notorios, sus ojos vacuos más claros, su cuerpo más torcido. Luego, la negrura apenas transgredida por los azulados faros del automóvil. Luego, de nuevo  la mujer y el niño, tomados de la mano, mirándola. Carretera, rayas blancas,  negrura de bosque.

El letrero, una vez más, fijo, concreto, altivo, con su fondo verde y letras blancas, “Bosques Residenciales 2 KM”.

Una  nueva figura, congelada al borde de la carretera, con los ojos fijos en Ana, una figura que parece absorber la luz de los faros del automóvil, una figura con la palidez de la luna: un joven que sostiene los tubos doblados de lo que anteriormente fue la estructura de una bicicleta, una bicicleta que ahora parece más la carcasa de un becerro. Los gritos en la radio continúan acompañando a la princesa urbana. De las bocinas brota por sobre la estática,  la risa aguda de un niño histérico.

Los números iluminados en su tablero negro, luces verdosas solidificadas, inertes, sosegadas: 4:35 AM.

    Comienza a gritar como una hiena atrapada entre la manada de leonas, y cada vez que el letrero aparece ante sus ojos, vuelve a desgarrar la noche con un grito.

Y las figuras estáticas la observan, apareciendo continuamente en el lugar que era de esperarse, y aumentando en número cada ocasión que el letrero vuelve a aparecer.  El hombre, la mujer y el niño, el joven de la bicicleta, un anciano, una mujer gorda que carga bolsas, dos niñas agarradas de la mano, un pequeño niño: casi un bebé. Inmóviles, estáticas, blancas, de ojos abiertos, secos, vacuos; con una única expresión en sus rostros: la expresión de la espera.

    La princesa urbana continúa gritando, haciendo coro con las voces, llantos y risas que brotan de su  radio, continua avanzando,  viendo las figuras.

    El letrero: “Bosques Residenciales 2 KM”,  el reloj: 4:35 AM.

    En otro plano, un plano donde la noche muere al salir el sol, un plano donde todo es lógico y todo es explicación, en ese plano, una grúa extrae de entre los pinos del bosque los restos de lo que fue un lujoso vehículo color negro. Los bomberos intentan sacar de entre los escombros el cuerpo de lo que fue una princesa urbana.  A un costado del camino, presuntamente arrollado por la chica que probablemente se quedó dormida al volante,  yace lo que fue un pordiosero que nadie llorará. Un hombre de ropas desgarradas.

    Nadie presente en el lugar puede escuchar los gritos desesperados de Ana, que conduce un automóvil negro, en una noche que para ella nunca terminará, sobre un camino que no llevaba a ningún sitio.

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