Noche fría, solitaria y silenciosa

    Una mísera callejuela.

    Un autobús desvencijado, robusto y orondo se detiene lanzando chillidos metálicos frente a una torcida estructura que alguna vez fue una parada de autobús.

    Mariana, una joven estudiante, universitaria, de abundante cabello rizado y bonito cuerpo aborda con cuidado el transporte público. La inquietud se dibuja en su delineado rostro, su nerviosismo provocado por la solitaria espera del arribo de su autobús comenzó a mermar cuando subió los tres estrechos y altos escalones metálicos de la entrada del camión. Pasó demasiado tiempo bajo aquella mísera parada de autobús. La noche, la oscuridad y su consciente vulnerabilidad le hacían temer constantemente al encuentro con un violador.

    El chofer recibe el dinero del pasaje de mala gana. Es un hombre de aspecto desaliñado, calvo y de barba a medio crecer. El conductor despide una mezcla de olores desagradables: sudor, comida,  humedad. Mariana nota que está cansado y hastiado.

    El conductor pone en marcha el vehículo tras arrojar las monedas que Mariana le entregó, sobre una bandeja metálica. El brusco arranque casi arroja al suelo a Mariana quien penas y logra  aferrarse al pasamanos. Mariana recobra el equilibrio, y se encamina tambaleante hacia un asiento en las primeras filas, tratando de coordinar sus pasos con el bamboleo del vehículo. Su falda le ajustaba demasiado, y le quedaba muy corta para su gusto, es un estorbo, pero su trabajo de oficinista la obliga a intentar verse elegante. 

    La historia de Mariana es similar a la de tantas chicas de clase media de la ciudad. Oficinista matutina, estudiante universitaria vespertina, mujer agotada por la noche. Mariana se encamina hacia un lugar disponible, y antes de dejarse caer sobre el asiento levanta la mirada.

    El autobús  va semi vacío, y semi oscuro.

   Sus nervios se ponen tensos y a la defensiva, nuevamente. 

   Dos adolescentes de cabellos alborotados se encuentran sentados al fondo del autobús. Miran a Mariana de una manera salvaje y hambrienta, parecen dos hienas excitadas que acechan a un becerro que se ha extraviado de la manada.  Otro hombre, de edad madura, dormita en uno de los asientos de la fila de en medio. Despierta cuando ella lo mira, y sus ojos cansinos se incrustan en el cuerpo de Mariana. Otro más, un adolescente de escuálido  cuerpo,  va sentado dos lugares adelante. Hombres, sólo hombres, cazadores, predadores… y ella, sola, una presa fácil si el hambre de carne femenina los hacía sucumbir. Mariana es un venado que ha extraviado a su rebaño.

    Con cautela, Mariana toma asiento, y concentra su mirada al frente. Faltan kilómetros, y largos minutos para que llegue a su casa. Piensa que debe permanecer alerta, a la expectativa; ni siquiera se recarga en el respaldo, se mantiene erguida, lista para saltar si hay necesidad de huir, pero… ¿Huir hacia dónde?
Aprieta contra su pecho los libros universitarios, buscando protección. Una densa corriente de aire frío se cuela en el interior del autobús, y se escurre entre la ropa de Mariana hasta acariciar su pálida piel, como si fuera las manos de un acosador.

    De reojo, a su derecha, Mariana nota una sombra que se desliza. Gira alarmada, pensando que alguno de aquellos hombres que la devoraron con sus ojos cuando abordó el autobús se ha puesto de pie, y se aproxima a ella. Sus músculos se tensan, su corazón se acelera.

    Pero ahí, donde sus ojos escudriñan con preocupada atención, no hay nada.   Ilusión óptica, tal vez causada por el nerviosismo, piensa Mariana. Es una chica inteligente, temerosa de muchas cosas, pero analítica. Deben ser nervios, sólo nervios. Los hombres que viajan con ella no deja de mirarla, eso le ha provocado aquella alucinación. La sombra ha sido tan sólo su imaginación, tan sólo el poder de su mente.

    Mira de reojo hacia atrás, sólo para comprobar que los chicos-hienas  siguen ahí. Sabe que es más probable que ellos se aventuren a acercarse. Los jóvenes son más propensos a realizar actos de riesgo.

    Una vez más, Mariana atisba una sombra que se desplaza entre la fila de asientos frente a los dos chicos-hienas, que ríen entre dientes y murmuran.
Mariana gira para mirar mejor.

    Sólo encuentra los rostros sonrientes de los chicos-hienas, que están sentados en el fondo del autobús, parcialmente iluminados. El semblante de ellos es perverso, esbozan sonrisas lascivas, muestran pupilas brillantes, hambrientas.

    -Mamacita-.  Dice uno de ellos, el otro festeja el piropo, riendo como una niña nerviosa. Es una risa aguda, oxidada, el sonido de maquinaria atascada. Se les nota drogados, excitados, ávidos. Mariana desvía con rapidez la mirada. Su corazón retoma un alocado golpeteo, latidos excitados que anuncian el preludio del pánico. Ha cometido un error brutal, ha hecho contacto visual con ellos, eso, puede darles el valor para ponerse de pie y aproximarse a ella.

    Mariana toma algunas bocanadas de aire buscando tranquilizarse e intentando regular los apresurados latidos de su corazón.

    Pero en eso siente un denso y tibio aliento cerca de su oreja derecha. Alguien se presta a besarla.

    Mariana salta lanzando un débil grito,  gira con rapidez,  arroja sus libros al suelo sucio, está lista para enfrentar a su acosador. Pero ahí, cerca de ella, no hay nadie.  Sólo asientos vacíos a su alrededor, tubos metálicos, bases de fibra de vidrio, ningún  hombre, ningún acosador, sólo una sombra que se desliza hacia la oscuridad, y desaparece abajo de los asientos vecinos, como una serpiente que escapa tras morder.

    Los jóvenes-hienas ríen con mayor intensidad, pero siguen en su lugar. Se encuentran demasiado alejados para haber sido ellos quienes la asustaron de aquella manera. El  hombre cansino continúa inmóvil, devorándola con la mirada tres asientos atrás. Carga un gran maletín sobre su regazo. Es obeso y carece de la agilidad necesaria para ser el responsable de aquella furtiva caricia. Delante del hombre cansino, el adolescente solitario, que aunque la mira fijamente se mantiene congelado en su lugar. Es un muchacho alto, y el espacio entre los asientos es estrecho. Por su estatura resultaría difícil desplazarse con rapidez. Tampoco él fue.

    El autobús mantiene su descoordinado bamboleo al avanzar, produciendo lastimosos chillidos metálicos. Desde  que Mariana abordó, el vehículo no ha realizado parada alguna y nadie ha descendido ni nadie ha abordado.

    Asustada y perturbada, Mariana se agacha a recoger del suelo los libros que arrojó cuando se asustó. Sus cuadernos estaban pegajosos, se ensuciaron cuando cayeron al suelo de metal. Al levantar la mirada, Mariana sorprende al conductor observándola con avidez a través del espejo de seguridad. El frío se intensifica dentro del autobús.

    Ojos, demasiados ojos masculinos, demasiado hambrientos.

    Las luces interiores del autobús se apagan.

    En la mente de Mariana, el pánico asoma una pequeña parte de su fea cabeza.

    Ella observa angustiada los barrotes de acero en las ventanas. En caso de necesitar escapar, no podrá hacerlo por ahí. La salida trasera está muy cerca de los jóvenes-hienas, la puerta delantera está custodiada por el chofer, quien continúa devorándola con los ojos. Las imágenes de mujeres violadas se agolpan en su mente, canturreando una pesadilla que ella teme experimentar. Recuerda las historias que su madre le narraba para alertarla, prepararla: pesadillas vividas por chicas atacadas por varios hombres, por predadores que se repartían turnos hasta quedar hastiados para luego, terminar asesinándolas, y luego, arrojarlas a las barrancas, como basura.

Historias negras, historias sucias.

    La sombra vuelve a aparecer, una mancha más negra, más oscura que el resto de sombras dentro del autobús. Una lóbrega imperfección que las luces exteriores no logran desvanecer. Una mácula en el espacio, sentada detrás del conductor, como una persona. Mariana se concentra en la figura negra, tiene que descartar su realidad, tiene que asegurarse que es una alucinación, tiene que encontrar una explicación a esa existencia.

    La sombra es una negra forma humana: Algo en su parte superior parece una cabeza indefinida. En la parte media, un tórax alargado, a los lados, brazos luengos, por debajo, piernas torcidas. La sombra inexacta, imperfecta, de una persona. Mariana escudriña  aún más, con miedo y atención.

    Pero en un pestañeo la sombra desaparece una vez más. En su lugar, sólo quedan los penetrantes ojos enervados del chofer que se reflejan en el espejo de seguridad. Ojos que absorben con deseo el escote de la blusa de Mariana.

    El autobús se agita con violencia sobre las imperfecciones del pavimento. Los asientos vibran y las ventanas se cimbran, crujen. Las luces en el interior vuelven a encenderse entre parpadeos amarillentos, lo que le confirma a Mariana, que la breve penumbra se debió a un falso contacto, y no  un acto provocado por el conductor. Durante el inconstante alumbrar, ella vuelve a percibir aquella figura oscura: la sombra, de pie en el pasillo. La parte superior, la que parece ser una cabeza gira, o parece hacerlo, para mirar a Mariana. Luego, con la rapidez de un pestañeo, desaparece.

    En la mente de Mariana, el pánico asoma un poco más, amenazando apoderarse de ella. Mariana alza la mirada, y observa con alarma que está por alcanzar su destino.

    El chofer conduce el autobús demasiado rápido, quizá con la intensión de apurar el término de su fatigoso turno. Mariana se pone de pie tan rápido, que casi arroja sus libros, otra vez, al suelo. Extiende su mano, y con desesperación jala la cuerda que activa la alarma para solicitar al conductor que detenga el autobús. El chofer obedece la señal y frena con tanta violencia que Mariana se golpea con fuerza su pierna derecha. No cae del todo al suelo gracias a los asientos delanteros. Mariana recobra el equilibrio, apresura el paso y se encamina a la salida. Cuando la puerta se abre, percibe con alivio un viento fresco que acaricia su rostro.

    -¡Adiós mamacita!-. Escucha a sus espaldas, sin saber de quién proviene la despedida.

    El autobús arranca de nuevo, dejando sola a Mariana.

    Mariana mira que la mole metálica se aleja. Observa, no con nostalgia, sino para comprobar que ninguno de sus incómodos compañeros de viaje hubiera descendido con la intención  de seguirla.

    El autobús continúa su marcha, y su horrenda imagen se vuelve sólo un par de luces rojas que se van perdiendo poco a poco en la oscuridad de la avenida. Aliviada, Mariana se detiene unos instantes para deleitarse con la frescura y tranquilidad que hay afuera del autobús.

    La calle donde vive se encuentra sola. Las casas que la limitan parecen dormidas. Lo que tranquiliza a Mariana es que esa calle se encuentra iluminada por múltiples farolas. Las paredes de las casas, la acera, y la calle misma están repletas de sombras. Sombras de automóviles, sombras de botes de basura, de postes de luz, de pequeños árboles atrapados en recuadros de la banqueta. Son muchas sombras, pero ahí, las sombras  son reales, tienen una causa, están justificadas.

    Mariana suspira, pronto llegará a casa, piensa darse un largo baño con agua caliente y lavarse así las miradas sobre su cuerpo.

    Inicia la marcha, su casa se encuentra al final de aquella larga calle.

    Avanza con paso veloz, escucha el eco que producen sus tacones en la desolada calle. Mira las sombras reflejadas sobre las paredes de las casas que va pasando, sombras de todo objeto a su alrededor. Se detiene desconcertada, atacada por la curiosidad. Mariana es una chica inteligente, y hay un detalle que llama su atención.

    Algo está fuera de lugar.

Mariana puede ver en las paredes y las banquetas las sombras de todo lo que le rodeaba, menos la suya. Vuelve a sentir aquel aliento cálido en su oído derecho, como si fuera el suspiro de un amante, un aliento íntimo. Gira asustada, segura de que alguien del autobús la ha seguido dispuesto a atacarla; gira, lista para defenderse.

    Se encuentra con la sombra.

    Una silueta negra. La figura que ha estado observando toda la noche está de pie frente a ella, a centímetros de Mariana, una masa no sólida, pero oscura, una estructura visual con el contorno de una persona, una persona igual a ella. Es una figura nebulosa, densa, casi como un velo, casi como el humo. Mariana grita, y los libros caen al suelo, se esparcen las páginas. Mariana levanta los brazos, intenta protegerse. Continúa gritando, pues nota con demencial terror que aquella sombra se está abalanzando sobre ella, la cubre, la envuelve, como un sudario.

    Las luces interiores de las casas comienzan a encenderse. El grito de Mariana se va perdiendo en la noche, los perros comienzan a aullar.

    Mariana desaparece, y en su lugar sólo queda la sombra, un bulto oscuro, fijo, levemente agitado por el viento nocturno.

    Luego, la sombra desaparece también.

    En la parte más pobre de la ciudad, próxima al lugar en el     que Mariana abordó el autobús; en una casa deplorable, mísera, con una recámara lamentable; una joven regordeta reza, hincada frente a un pequeño altar que ha confeccionado ella misma, auxiliándose de un banquillo y una pila de revistas. Su rostro está cubierto por el acné, su piel brilla bajo la luz amarillenta de las veladoras de su altar. La joven regordeta se mece con fervor de atrás hacia adelante, como si fuera una madre que acuna a su bebé.

    El aspecto y olor de la joven provocan rechazo en sus compañeros de la universidad. Pero lo que más le lastima, es el rechazo de un chico en especial, uno que le ha robado el corazón con sólo una mirada. Ese chico  ha rechazado el amor de la joven, pero caritativamente le ha otorgado el título de amiga confidente. La confesión que le ha regalado ha sido el profundo amor que siente por otra chica en la universidad, por una hermosa mujer de cabellos negros y tez blanca. Por Mariana.

    La chica regordeta sabe de conjuros, su abuela, se los ha enseñado. Secretos antiguos, invocaciones milenarias.

    La chica regordeta continua meciéndose, aprieta entre ambas manos una fotografía que recientemente ha tomado. En la fotografía está plasmada la imagen de una joven bonita de cabellos largos y ondulados; la chica que con su belleza le ha arrebatado al hombre que ella desea; la compañera que cada noche toma el autobús en una torcida parada; esa joven mujer a la que los hombres no pueden dejar de mirar.

    Mariana.

    Antes de amarrar a tu hombre, tienes que deshacerte de lo que te estorba.- Le  dijo su abuela.

    A lo lejos, lo perros continúan aullando. La chica regordeta se mece con los ojos cerrados, está sumida en un éxtasis de concentración y ruego. Repite una y otra vez la misma oración.

    -Mariana, que te envuelva tu sombra, para que oscurezca esa belleza tuya que tanto deslumbra a los hombres. Mariana, que te envuelva tu sombra, para que oscurezca esa belleza tuya que tanto deslumbra...

    Poco a poco, la imagen de Mariana en la fotografía comienza oscurecerse, hasta que, sin que la chica regordeta  se percate, sólo queda en el cartoncillo la imagen de una silueta negra.

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