Sus padres pudieron ponerle más atención y cambiar su destino.

Pero no se percataron de aquellas sutiles diferencias entre su hijo y el resto de los niños pues, para ellos, el pequeño resultaba más un estorbo: resultado adverso en un error de cálculos biológicos que obstaculizaba su estilo de vida.

No enfrentaban problemas serios como pareja, en realidad se amaban, dos amantes de la vida y sus detalles, dos soñadores, dos sibaritas. Tras una noche acompañada de una opulenta cena y dos botellas de vino tinto cosecha 1988... el sexo lo trajo a él: al pequeño. Intentaron jugar el papel de padres por un tiempo, quizás con la esperanza de encontrar un oculto placer en aquel oficio, pero el aburrimiento y el hastío arribaron primero.

Y él, tan sólo un bebé de escasos tres meses de edad, cayó bajo la responsabilidad de una niñera.

No dio problemas en sus primeros años de vida. Su extraño comportamiento hubiera levantado suspicacia en padres más atentos, más preocupados, pero en el caso de ellos, aquel peculiar comportamiento resultaba muy cómodo,  bien podría decirse una bendición.

Ellos nunca lo escucharon llorar desde su cuna, ni si quiera cuando la niñera olvidaba la hora para darle el biberón. Ninguna queja, ningún chillido.

Cuando la niñera-enfermera en turno recordaba que debían de alimentarlo, lo encontraba recostado de espaldas, mirando el techo con una expresión concentrada: ceño fruncido, cejas arrugadas; una expresión seria, con un dejo de severidad.  Luego, con la atención inteligente de un cuervo, clavaba sus pequeños ojos en ella.

Con el pasar de los años las niñeras fueron cambiando, algunas porque encontraban un mejor trabajo, pero varias, aunque nunca lo expresaron al despedirse, por el extraño comportamiento del niño. Había algo que apartaba toda comodidad a aquél oficio, algo en la mirada de él. Llegaba la nueva niñera, y la rutina pacífica y silenciosa se repetía: el pequeño sentado en algún rincón miraba el vacío, como si esperara a que el tiempo le trajera algo.

Cuando sus padres regresaban de sus respectivos trabajos  lo encontraban  dormido. Ellos explotaban esta oportunidad para convivir como pareja, salir a cenar, disfrutar de alguna película o hacer el amor.

En los cumpleaños del niño, ambos padres trataban de sustituir el cariño con un regalo caro y llamativo que el niño observaba durante algunos segundos, para luego clavar sus ojos de cuervo en sus padres. La madre entonces experimentaba un escalofrío y trataba de disuadir al esposo para que se encargara del niño. Luego, huía con la excusa de realizar una llamada telefónica olvidada a algún colega de la oficina.

El niño cuenta hoy con tres años de edad. Su vida transcurre en su casa cómoda,   grande y solitaria. La actual sirvienta con responsabilidades de niñera, asoma de vez en cuando su cabeza por el marco de la puerta de la habitación del niño, sólo para ver si se encuentra despierto. Los exitosos padres de aquel peculiar pequeño pasan la mayor parte del día en sus respectivas oficinas.

El pequeño se encuentra sentado sobre su pequeña silla infantil, y mira con expresión vacía la pared  color violeta. En algún momento sus padres llegaron a sospechar que tal vez sufría de autismo pero el médico, tras examinarlo y realizarle pruebas, concluyó extrañado que la salud mental del pequeño parecía normal, retraído quizá, pero lejos de tener un problema mental. Ambos padres decidieron olvidar aquello y desviar su mirada una vez más de aquella contrariedad.

A lo lejos, se escucha el discontinuo sonido de un televisor. Sobresale una  melodía romántica que narra el infortunio de una joven pobre enamorada de un cruel muchacho rico. El niño pestañea un par de veces y sale de ese trance tan común: sus ojos se mueven en dirección de la puerta.

La melodía del televisor pertenece a la música inicial de la telenovela que la niñera-sirvienta en turno sigue con obsesión. Después de aquel melodrama, sigue uno de concursos donde un animador grita como guerrero cuando algún participante acierta  la respuesta correcta. La joven es fiel seguidora de ambos programas.  Eso significaba que el niño estaría un par de horas sin la mirada vigilante de la chica.

Una sonrisa demasiado profunda ilumina el rostro infantil.

Sus ojos no sonríen, se mantienen fríos y concentrados.

Se pone de pie y asoma sus córvidos ojos al pasillo.

Esa mañana lo han ataviado con un overol de tirantes que llevaba un simpático patito estampado sobre su pecho; debajo del curioso overol,  una camisa de mangas cortas de escandaloso color amarillo.

Con cortos y seguros pasos, el niño se dirige al lado opuesto de la casa.

Hacia el estudio.

Cuando ingresa en la pequeña pero bien acondicionada sala de lectura, sus ojos adquieren un brillo que nadie conoce. Nadie en estos tiempos, al menos.

En aquel lugar se encuentra uno de los orgullos de sus padres biológicos: una extensa colección de libros que ambos profesionistas devoran impulsados por un ego intelectual.  Historia, novelas clásicas, biografías, religión, arte.

La misma sonrisa que momentos antes ha deformado el infantil rostro aflora ante la presencia de aquellos estantes cargados de libros.  El pequeño se encamina hacia una silla que se encuentra en un rincón, y con notable esfuerzo y torpeza la empuja hacia uno de los estantes. El ruido de la televisión en el extremo del pasillo esconde el roce de las patas de la silla sobre al parquet.

Le toma un par de minutos conseguir colocar la silla donde quiere. Tras conseguirlo, se tumba sobre el suelo de madera a recuperar el aliento. Cuando le cambien la ropa por la noche, la niñera la encontrará húmeda por el sudor. Su cuerpo aún es débil y torpe, escalar sobre la silla le cuesta otro gran esfuerzo.  Después de algunos minutos puede estirar su pequeña mano izquierda, y tomar un grueso libro.

El volumen es demasiado pesado para sus cortos y pueriles brazos, lo deja caer al suelo cuando uno de los exagerados actores de la tele novela grita un “te amo” a la protagonista,  el grito oculta el golpe del grueso volumen contra el piso de madera.

Con cuidado, el niño desciende de la silla.

Se arrodilla frente al gran libro. Con reverencia, levanta la pasta dura, y admira las letras del título.

Tiempo de guerra. Los errores de Alemania que le costó perder La Segunda Guerra Mundial.

Pasa algunas páginas y encuentra la marca que ha dejado el día anterior: la esquina superior derecha de una página doblada hacia dentro.

Sus córvidos ojos vuelven a brillar.

Lee por espacio de una hora.

Cuando una idea le resulta clara, su rostro infantil se contorsiona por la obviedad y maldice con voz chillona, pero levemente grave, en un idioma diferente al de sus padres; su pequeña y regordeta mano izquierda se posa con violencia sobre su frente, como lo haría el matemático que encuentra la solución a un complicado problema.

El tiempo vuela dentro de la biblioteca, el pequeño mira el reloj sobre el escritorio: le quedan pocos minutos, debe acomodar la silla en su lugar, y volver a su recámara.

Con esfuerzo levanta el grueso volumen y lo acomoda en un espacio libre en la parte más baja de la estantería, a su alcance. Aquel cambio de lugar no llamará la atención.

El esfuerzo físico y mental de aquella tarde lo agotan, su pequeño cuerpo le resulta inútil por el momento, pero sólo tiene que ser paciente ya que para cuando los padres regresen, él estará dormido otra vez recuperando fuerzas.
Cerca de la madrugada volverá al estudio a continuar su lectura, esta vez trasladará el libro hacia la débil luz que sus padres dejan encendida en el pasillo para no tropezar y, bajo esa escasa luz, continuará.

De pie, en medio del estudio, el niño suspira, suspira como lo hacen los adultos impacientes, no como un niño nostálgico, suspira como lo hace un general exasperado por la ineptitud de la brigada que comanda. Suspira impaciente, porque el tiempo es lento para él.

Sacude la cabeza, analizando su situación: debe aceptar que se le ha dado otra oportunidad, pero el tiempo de los humanos le resulta lento y tedioso. Sabe que debe ser paciente y aprovechar los conocimientos y las experiencias que se le otorgan en cada vida nueva.

Cada vida nueva mejora sus habilidades, disminuyen sus defectos, desvanecen sus debilidades, en cada vida se perfecciona. Sólo tiene que esperar  a que su nuevo cuerpo esté listo para funcionar sin torpeza, prepararse. Regresa a su silla para niños, y clava sus ojos en la pared, la sirvienta llegará en cualquier momento para ponerle la pijama y darle de cenar.

Mientras avanzan los minutos, su mente regresa al recuerdo de sus múltiples vidas pasadas, a épocas de gloria que si es cuidadoso podría volver a repetir.

Los recuerdos se agolpan en su mente: tratan de obtener el primer lugar en su nostalgia. Gritos de mujeres y niños de aldeas europeas arrasadas por sus ejércitos; el coro de pezuñas de caballos que avanzan por territorios conquistados; los llantos de la Czarina al ver a su esposo el Zar, al príncipe y a las princesas siendo asesinados; el avance de los tanques en San Petesburgo; las sincronizadas marchas de jóvenes orgullosos, uniformados con altas botas y saludando con la mano derecha extendida; la cruz  negra sobre el fondo rojo; los campos de concentración que organizó con detalle y esmero.

Lugares y tiempos.

Siglo tras siglo, vidas tras vidas, él, y muchos otros a los que debe  buscar, encontrar y organizar.

Comienza a cabecear adormilado, su cuerpo infantil se debilita con facilidad.

Se duerme.

Sonríe en sueños al recordar a los otros, a veces como generales, a veces como políticos, pero siempre con esa marca en la frente, la marca que solo ellos pueden ver.

Son una gran familia



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